Algunas personas enferman, emocionalmente hablando, en el seno una relación y van a buscar la clave para aliviar su soledad, su angustia, su depresión, su ansiedad, obsesivamente en otra relación dañina, en libros de autoayuda, talleres llenos de personas tan dañadas como ella (incluyendo el facilitador del taller), en el exceso de trabajo, alcohol, drogas y otras adicciones. Los resultados son nulos, se retraumatizan, se cansan, se confunden y siguen tan perdidos, la herida sigue ahí. Esto me recuerda un cuento:
Muy tarde por la noche el Mullah Nasrudin se encuentra dando vueltas alrededor de una farola, mirando hacia abajo. Pasa por allí un vecino.
—¿Qué estás haciendo Nasrudín, has perdido alguna cosa?— le pregunta.
—Sí, estoy buscando mi llave.
El vecino se queda con él para ayudarle a buscar. Después de un rato, pasa una vecina.
—¿Qué estáis haciendo? —les pregunta.
—Estamos buscando la llave de Nasrudín.
Ella también quiere ayudarlos y se pone a buscar. Luego, otro vecino se une a ellos. Juntos buscan y buscan y buscan. Habiendo buscado durante un largo rato acaban por cansarse. Un vecino pregunta:
—Nasrudín, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?
—No, dice Nasrudín
—¿dónde la perdiste, pues?
—Allí, en mi casa.
—Entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí?
—Pues porque aquí hay más luz y mi casa está muy oscura.
El ser humano que enferma en una relación, se sana en otra relación diferente, una que aporte el verdadero amor, la compasión y el cuidado que faltó en ese contexto fundador del trauma. Puede ser una buena pareja, un psicoterapeuta o un amigo de verdad.